Las buenas intenciones de querer ser realista y ser un testimonio artístico de una realidad de la Lima actual, son tan sólo eso, porque el cine con las buenas intenciones no alcanza.
Al ver el trailer de
“El premio”, uno piensa en una propuesta efectista (lo que es válido, desde un punto de vista comercial), este avance promete mucha acción, drama, erotismo, violencia, hasta uno de los personajes dice con gran desparpajo “esta es la chamba perfecta: cine, negocio y sexo” lo que da la sensación de que no te vas aburrir, sabemos que no será una gran película –no pretende serla tampoco - pero nos entusiasmamos con pasar un buen momento de entretenimiento por lo menos. En mi caso, tengo el recuerdo de las sensaciones que me provocó “Doble juego”, una película llevadera, con un guión bien engranado, que conjugaba momentos realmente entretenidos, con otros dramáticos, un juego de enredos, lleno de engaños y tramposos picaros; este antecedente de
“El premio” prometía algo más y no ese aire de amateurismo por ratos que sorprende dada la experiencia del director.
“El premio” cuenta la historia de
Antonio, un profesor de educación primaria, padre de
Alvina que vive junto a él en Pariamarca, (comunidad de la sierra canteña) y de
Alex que vive en Lima. Un día Antonio le sonríe la suerte y se saca la lotería, para recoger el premio, el tendrá que viajar a la capital, donde se reencontrará con sus familiares y su hijo Álex que no ve en cuatro años; en su estadía sufrirá una serie de incidentes desafortunados que lo venían siguiendo ya desde su pueblo, todo esto a causa de su supuesta inesperada fortuna. De esta idea central se desprenden más de una línea narrativa (la relación de
Álex y su prima
Lisbeth, que a la vez convive con un hombre violento y alcohólico, la del padre y su hijo llena de desencuentros), son como pequeñas historias con cierta independencia y todas estas historias se entrelazan entre si, cada una de ella más tediosa que la otra, aunque los diálogos son precarios y simplistas, y las resoluciones tanto como las acciones son precipitadas, no existe casi tensión, no se extiende el suspenso y la intriga es débil, el drama nunca se instala porque ninguno de los personajes logra una empatía con el público, a pesar de ser extraídos de lo cotidiano y moverse en una atmósfera urbana, por lo inconsistente y lo endeble de la estructura dramática, que está articulada de hechos fortuitos, movidos por la casualidad y no por la causalidad, aunque las motivaciones reales sean descubiertas finalmente.
Y por qué un final abierto en
“El premio”, porque es: a) un recurso utilizado con la intención de crear una incertidumbre al espectador postpélicula, que su historia trascienda la proyección del celuloide, b) puede ser también, la poca destreza en hilvanar un final consistente cuando se tiene más de una línea narrativa o c) las ínfulas de un director que quiere hacer alarde de cuan sofisticada, intelectual y compleja es su propuesta y d) es el final perfecto en un film que bandea entre lo aburrido y el sinsentido, que va de acorde con un guión alarmantemente desidioso, en donde la comedia involuntaria y el absurdo, son lo único que te sacude mínimamente del aburrimiento.
Cada vez que se estrena una película peruana, los cinéfilos una y otra vez acudimos a las salas de cine, con un deseo de respaldar al compatriota en su aventura de hacer cine en el Perú, lo que parece ser un buen hábito; pero lamentablemente en la mayoría de los casos (sino todos), uno sale con la sensación de ser burlado y que es extremadamente pobre lo que recibe; y luego al final de la función con las manos vacías uno se hace la promesa interior de no volver ver más una película Made in Perú, pero irremediablemente una y otra vez incurrimos en esa costumbre, por pura solidaridad.